Del 27 de octubre al 2 de noviembre, todo México transpira chocolate y dulce pan de muerto. Ante tan apetecible tentación, la Muerte, embelesada, olisquea esta emblemática fecha que cada vez más a su apetito se restriega. ¡Dichas veladas son tan emotivas debido a que propician la transición entre dos seres fascinantes: la Vida y la Muerte!
Con entusiasmo, la Parca debraya con la gran variedad de altares que degustará y, extasiada, comienza a elaborar el gran listado de almas a las que debe ya despertar. ¡Ellas, abrigadas por la eternidad, yacen en un sueño profundo solo interrumpido por el clamor de sus seres queridos!
Los
Pese a la diversidad de creencias, año tras año crece el fervor que fortalece esta ancestral tradición. Mexicráneos y alebrijes pacientes se exhiben sobre Reforma, mostrando movimiento ante el recorrido de la Catrina, quien, admirada, reconoce la creatividad que el mexicano en su honor le ha tributado.
El Día de Muertos, herencia de un mágico pueblo, conmueve a la Huesuda. Del 1 al 2 de noviembre ella se hace presente, pero nunca deja trabajos pendientes, ya que con esmero cuida a su rebaño de almas. Y a lo largo del año, en su ida y venida, sin discriminar se lleva a quienes, en ausencia de la vida, ¡figuran ya en su infinita lista!
Ante la ingesta de tequila, mezcal, charanda, pulque y chelas, la Vida y la Muerte festejan una vez más su reencuentro y, pese a estar un poco ebrias, la Muerte no deja a ninguna alma en pena. A su lado se muestran perros y gatos que en vida acompañaron a los humanos y que hasta el final de sus días los procuraron.
Antes de que acabe dicho convivio, le recuerda a su rebaño degustar todo lo que se les ha ofrendado, ya que pasará más de un año para que nuevamente los recuerdos de los humanos —linaje vivo que aún no perece— los convoquen y acudan al llamado. En sus mentes los mantienen perennemente vivos, aunque es probable que el próximo año nadie les llame si el olvido los alcanza y para siempre los apaga.
La Muerte, pese a ser un ser eterno y un poderoso ente, no puede evitar sucumbir a las delicias de esta cocina tradicional. Antes de su partida, voraz prepara el itacate con el que al inframundo debe retornar. ¡Así, en los meses venideros, seguirá degustando en soledad tan deliciosa comida y refrescante bebida mientras llega otra celebración de este especial Día de Muertos!
Sumergida en el cacao y los manjares de la temporada, la Muerte divaga sobre las sorpresas que los humanos probablemente le deparen en la próxima festividad, donde la ensalzan sin miedo y con una dualidad de enojo y agradecimiento. Llegado el momento, con gozo despertará a los difuntos, pese al regaño de sus hermanos «los eternos», que no comprenden el apego a los mortales ni su exagerado gusto por las ofrendas: excelsos banquetes en los que solo los difuntos y la Muerte, a esa rica esencia, pueden enterrar el diente.




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