Hambrientos, los cuervos se atragantan con mi cuerpo. De tales restos crean un vínculo inquebrantable entre tu deseo y mi sentimiento. Con sus filosas garras, de mi pecho ya han hecho tu innegable aposento, abrigando con su tornasolado plumaje ese deprimente hueco donde hace milenios mi corazón dejó de latir debido al contacto de tu inmortal beso.
Tales criaturas carroñeras, al probar de mis labios, fielmente resguardan el pasado de nuestro primer beso, y pese a que en plena reencarnación mis erosionados huesos recobren un involuntario movimiento, «—¡una vez más, ante las expectativas de vivos o muertos, evitas por medio de tus cuervos que alguien te prive de ellos!»
Debido al egoísmo de tu desmedido apetito, con incesantes graznidos, a mi alma convocas en pleno despertar, develando el secreto que en el pasado ensalzaba la sexualidad de mi género. Ese que desde mi nacimiento ambicionaste y con el cual, hasta hoy, vinculas el putrefacto éxtasis de tus celos con la dulzura del hurtado beso.
El Destino, tal cual bufón, hace escarnio de tu amparo; y, pese a su juego, tus leales cuervos no ceden, logrando que mi alma se desvincule con determinación de mis restos, «—¡exhibiéndolos ante los tiempos como la simbología de tu caprichoso deseo!»
Debido al precipitado ocaso de mi momento, su azulado plumaje ya contrasta con la blancura de mis huesos. Y en pleno apareamiento, tu maldad y mi pureza engendran una peculiar entrega sin un atisbo de inocencia. Ellos, afines a tu voluntad, esperan tu señal para interferir ante posibles conflictos entre mi necedad y tu férrea entereza.
Tras la reencarnación, tus cuervos devoran mi cuerpo pretendiendo llegar hasta donde mi oscuridad permita a mi pensamiento desentrañar; pero, al ser observados por tu locura, les causa tal animadversión que por momentos desvinculan a mi pensamiento de tu sentimiento. Aun así, a mi pecho nunca dejas en soledad —él, ausente de piel y carne, se muestra como tu legendario montículo donde ultimas mi despertar—.
Al retoñar órganos y carne de mis huesos, tus cuervos hurtan el brillo de mi sentimiento. Brillo que ante la oscuridad ilumina ese preciso momento cuando tus eternos brazos a mi alma no sueltan, y por más que tu obsesión me atesore, «—¡este, mi innegable despertar, a tu inmortalidad exaspera!»
En ese, mi primer respiro, tus esbirros repetidamente se hacen presentes, y bajo tus órdenes reclaman una vez más mi despertar y, sin contemplación, me depredan, reivindicándome como tu innegable sello, tesoro de tu vehemente pertenencia.
Ante tu negación de mi sentimiento, manipulas por milenios de milenios el libre albedrío de mi derecho, ya que, en pos de tu insano apego, me mantienes a mí, el objeto de tu afecto, aprisionado sobre tu pecho. Entre mi reencarnar y tu inmortalidad, «—¡evocas aquel memorable momento en el que la soledad de tus labios fue disipada con el innegable hurto de mi primer beso!»